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3 books
Domingo Faustino Sarmiento (15 February 1811 – 11 September 1888) was President of Argentina from 1868 to 1874. He was a member of a group of intellectuals, known as the Generation of 1837, who had a great influence on 19th-century Argentina. He was particularly concerned with educational issues and was also an important influence on the region's literature. His works spanned a wide range of genres and topics, from journalism to autobiography, to political philosophy and history. Sarmiento grew up in a poor but politically active family that paved the way for many of his future accomplishments. Between 1843 and 1850, he was frequently in exile, and wrote in both Chile and in Argentina. His most famous work was Facundo, a critique of Juan Manuel de Rosas, that Sarmiento wrote while working for the newspaper El Progreso during his exile in Chile. The book brought him far more than just literary recognition; he expended his efforts and energy on the war against dictatorships, specifically that of Rosas, and contrasted enlightened Europe—a world where, in his eyes, democracy, social services, and intelligent thought were valued—with the barbarism of the gaucho and especially the caudillo, the ruthless strongmen of 19th-century Argentina. As president, Sarmiento championed intelligent thought—including education for children and women—and democracy for Latin America. He also modernized and developed train systems, a postal system, and a comprehensive education system. He spent many years in ministerial roles on the federal and state levels where he travelled abroad and examined other education systems.
Las razas fuertes exterminan a las débiles, los pueblos civilizados suplantan en la posesión de la tierra a los salvajes. No debieran nuestros escritores insistir sobre la crueldad de los españoles para con los salvajes de América, ahora como entonces, nuestros enemigos de raza, de color, de tendencias, de civilización. Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes, por quienes sentimos, sin poderlo remediar, una invencible repugnancia… no son más que unos indios asquerosos, a quienes habríamos hecho colgar y mandaríamos colgar ahora, si reapareciesen en una guerra.
Cuando hubo llegado a la plaza, hace detener en medio de ella su coche, manda cesar el repique de las campanas, y arroja a la calle todo el amueblado de la casa que las autoridades han preparado para recibirle: alfombrado, colgaduras, espejos, sillas, mesas, todo se hacina en confusa mezcla en la plaza, y no desciende sino cuando se cerciora de que no quedan sino las paredes limpias, una mesa pequeña, una sola silla y una cama. Es un espartano, diría otro que yo, que no veo en todos estos miserables manejos sino la insolencia brutal de un bárbaro que insulta a las ciudades, afectando desdeñar sus goces, su lujo y sus usos civilizados. Mientras que esta operación se efectúa, llama a un niño que acierta a pasar cerca de su coche, le pregunta su nombre, y al oír el apellido Rosa, le dice: «Su padre, don Ignacio de la Rosa, fué un grande hombre; ofrezca a su madre de usted mis servicios.»