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A. Armando

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“En estos días yo pienso mucho en San José. Fue padre putativo de Jesús, es decir, figuró como su padre sin serlo verdaderamente. (Eso explica por qué a los que se llaman José les dicen Pepe. En las antiguas imágenes de San José aparecía su título Pater Putativus expresado con sus iniciales mayúsculas: P. P. De ahí, el Pepe). San José –como San Pedro– dudó, y eso lo hace muy humano. Pero cuando supo la verdad, se rindió a ella. También él dijo –a su manera–: «He aquí el esclavo del Señor, hágase en mí según su palabra». Es San José un santo de humildad: en los retablos flamencos donde se pinta la escena de la Natividad siempre aparece en un segundo plano, inadvertido, casi. Tal se diría que se juzga indigno de estar al lado de la magnificencia del Dios Niño y de la Virgen, en cuyo seno se hizo hombre el Redentor. Yo amo a este amable santo que se sacrificó al prodigio. Su santidad estriba en haberse librado de esa pesada carga que es el yo. En esta Navidad, le voy a pedir una viruta de su carpintería para acordarme de ser humilde, de no pensar en mí. Es decir, para acordarme de olvidarme.””

Teologías para ateos (Ensayo y sociedad)

“Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que leyó los Pensamientos de Pascal, dio un nuevo sorbo a su martini –con dos aceitunas, como siempre– y continuó: –A nuestro pobrecito cuerpo lo calumniamos mucho, y en cambio a nuestro espíritu lo enaltecemos demasiado. Creemos que nos condenamos por la carne, y denostamos al cuerpo, y lo vilipendiamos. Pero es tan mínima cosa el cuerpo, tan humilde, y casi con nada se conforma: un poco de agua, un poco de pan, algo de sueño –no de sueños– y ni siquiera amor, sino apenas, de vez en cuando, la compañía de otro cuerpo para enjugarse el instinto. En cambio, el espíritu, ¡qué exigente es!, ¡qué perentorio! Reclama sabiduría, altos ideales, valores inmarcesibles, y eso tan difícil de hallar que es el amor. Yo tengo para mí que el espíritu es el que nos condena, y no la carne. El cuerpo nos hace cometer pecados muy modestos que sólo el miedo de la Edad Media por las cosas terrenas pudo considerar mortales: la gula, la pereza, hasta la inofensiva lujuria, tan difamada y perseguida. ¡Ah, pero el espíritu! Los pecados del espíritu, ésos sí que son graves: la envida, y –el peor de todos–, la soberbia, el primer pecado que se cometió y aquél por el que todos se cometen. –»Tengamos compasión de nuestro cuerpo –siguió diciendo Jean Cusset–, y tratémoslo bien. Después de todo, pobre mulita, ya sufre el trabajo de llevar esa terrible carga que es nuestro espíritu. Así dijo Jean Cusset. Y brindó con toda su alma por su cuerpo.””

Teologías para ateos (Ensayo y sociedad)

“En estos días yo pienso mucho en San José. Fue padre putativo de Jesús, es decir, figuró como su padre sin serlo verdaderamente. (Eso explica por qué a los que se llaman José les dicen Pepe. En las antiguas imágenes de San José aparecía su título Pater Putativus expresado con sus iniciales mayúsculas: P. P. De ahí, el Pepe). San José –como San Pedro– dudó, y eso lo hace muy humano. Pero cuando supo la verdad, se rindió a ella. También él dijo –a su manera–: «He aquí el esclavo del Señor, hágase en mí según su palabra». Es San José un santo de humildad: en los retablos flamencos donde se pinta la escena de la Natividad siempre aparece en un segundo plano, inadvertido, casi. Tal se diría que se juzga indigno de estar al lado de la magnificencia del Dios Niño y de la Virgen, en cuyo seno se hizo hombre el Redentor. Yo amo a este amable santo que se sacrificó al prodigio. Su santidad estriba en haberse librado de esa pesada carga que es el yo. En esta Navidad, le voy a pedir una viruta de su carpintería para acordarme de ser humilde, de no pensar en mí. Es decir, para acordarme de olvidarme.””

Teologías para ateos (Ensayo y sociedad)

“Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que leyó los Pensamientos de Pascal, dio un nuevo sorbo a su martini –con dos aceitunas, como siempre– y continuó: –A nuestro pobrecito cuerpo lo calumniamos mucho, y en cambio a nuestro espíritu lo enaltecemos demasiado. Creemos que nos condenamos por la carne, y denostamos al cuerpo, y lo vilipendiamos. Pero es tan mínima cosa el cuerpo, tan humilde, y casi con nada se conforma: un poco de agua, un poco de pan, algo de sueño –no de sueños– y ni siquiera amor, sino apenas, de vez en cuando, la compañía de otro cuerpo para enjugarse el instinto. En cambio, el espíritu, ¡qué exigente es!, ¡qué perentorio! Reclama sabiduría, altos ideales, valores inmarcesibles, y eso tan difícil de hallar que es el amor. Yo tengo para mí que el espíritu es el que nos condena, y no la carne. El cuerpo nos hace cometer pecados muy modestos que sólo el miedo de la Edad Media por las cosas terrenas pudo considerar mortales: la gula, la pereza, hasta la inofensiva lujuria, tan difamada y perseguida. ¡Ah, pero el espíritu! Los pecados del espíritu, ésos sí que son graves: la envida, y –el peor de todos–, la soberbia, el primer pecado que se cometió y aquél por el que todos se cometen. –»Tengamos compasión de nuestro cuerpo –siguió diciendo Jean Cusset–, y tratémoslo bien. Después de todo, pobre mulita, ya sufre el trabajo de llevar esa terrible carga que es nuestro espíritu. Así dijo Jean Cusset. Y brindó con toda su alma por su cuerpo.””

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